sábado, 7 de mayo de 2016

Jitanjáforas y jergas científicas

Los sonidos emitidos por las aves constituyen, en varios aspectos, la analogía más cercana al lenguaje”, escribió Charles Darwin en su obra El origen del hombre (1871) al observar cómo los seres humanos aprendían a hablar.

El idioma, especulaba el naturalista, podría haber tenido su origen en el canto de las aves, que habría dado lugar “a las palabras que expresan diversas emociones complejas”.

El hecho extraordinario sucedió en algún momento hace entre 80.000 y 50.000 años, cuando los seres humanos fuimos capaces de fusionar la cualidad de expresión del canto de las aves y los mensajes cortos y audibles de los primates.  Dos tipos de comunicación en una forma única y sofisticada de lenguaje.

Y como las palabras son las que conservan y transmiten las ideas, resulta que no se puede perfeccionar la lengua sin perfeccionar la ciencia, ni la ciencia sin la lengua; y por muy ciertos que fueran los hechos, por muy justas las ideas que los originaron, solamente transmitiríamos impresiones falsas si no tuviéramos expresiones exactas para nombrarlos.
Antoine Lavoisier, Tratado elemental de química (1789)

Con esta necesidad surge mucho más recientemente el lenguaje científico, un sistema que permite conocer y comunicar nuevos conceptos con la mayor objetividad y precisión posibles. No obstante, el lenguaje de la ciencia se nutre del lenguaje común para la creación de sus vocablos. Cuando Robert Hooke observó al microscopio un fragmento de corcho observó numerosas celdillas (cellulae en latín), que le inspiraron para bautizar como célula a la unidad fundamental de todo ser vivo. Y cuando Karl von Nägeli empleó un microscopio más potente para observar el interior de las células, encontró una estructura que se teñía con intensidad a la que llamó, literalmente, “cuerpo que se colorea”: cromosoma, el custodio y transmisor de la herencia genética.

Los términos científicos también surgen en base a ideas establecidas, circunstancia que en ocasiones ha jugado malas pasadas. El átomo (del griego, indivisible) adquirió su denominación muchos siglos antes de que se constatara que, en realidad, puede dividirse en sus partículas elementales. O cuando el propio Lavoisier llamó oxígeno (del griego, generador de ácidos) al gas que interviene en la respiración, se pensaba erróneamente que todos los ácidos lo contenían.

De esta manera, la invención de palabras se da tanto en ciencia como en literatura. En la primera por la necesidad de describir nuevas ideas y hallazgos; en la segunda, como recurso lúdico y para enfatizar ciertos efectos fónicos.


Con palabras inventadas se construyen las jitanjáforas, nombre acuñado por el poeta mexicano Alfonso Reyes para definir un enunciado compuesto por palabras carentes de significado. En Rayuela, Julio Cortázar incluye esta para describir una escena erótica: 

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia.

Mientras que si empleamos jerga científica para describir lo que ocurre al cortar una cebolla, podríamos obtener algo así:

Cuando el filo extrusado al cromo-vanadio se inserta en la crasa epidermis del bulbo, el espécimen del género Allium prepara su respuesta química a la incisiva invasión de sus células. Un aerosol de ácido pirúvico alcanza su córnea, y con la complicidad catalítica de la aliinasa, la caballería de sulfóxidos lanza su ataque pungente valiéndose de inexorables hidrólisis. El indefenso acuchillador sucumbe ante tsunamis oculares que rebosan la pleamar de su conjuntiva, batiéndose en retirada ante la incapacitante ametropía acuosa.

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