viernes, 7 de octubre de 2016

Edgar Allan Poe y su idilio con la ciencia

(Este texto corresponde a la introducción del libro "Escuderos de clara pluma. Una historia de la divulgación científica desde la antigua Roma hasta nuestros días")

19 de enero, 2:49 de la madrugada. Un hombre con abrigo largo y bastón de empuñadura dorada se adentra con sigilo en el cementerio de Baltimore. El truco para franquear la verja, cerrada a estas horas, le había funcionado una vez más. Como cada año, deposita tres rosas y una botella de coñac medio llena sobre los escalones de un cenotafio. En su base, asomando entre la nieve y en letras mayúsculas, se distingue el nombre del homenajeado, Edgar Allan Poe.



No sería posible comprender la obra de Poe sin entender su pasión por la ciencia y la influencia que tuvo sobre buena parte de su producción literaria. En particular, fue su padre adoptivo quien estimuló su atracción por la astronomía cuando le regaló un telescopio refractor al cumplir doce años.

Poe demuestra estar al día y poseer un buen nivel de conocimientos, lo que le permite emplear el lenguaje científico como recurso literario. Alcanza tal grado de verosimilitud que consigue hacer pasar hechos inventados como si fueran reales. En uno de ellos, narra la supuesta primera travesía de un dirigible cruzando el Atlántico. La noticia del extraordinario vuelo del Victoria se publicó en el New York Sun el 13 de abril de 1844.[1] Dos días después, una nota (seguramente del propio Poe) corregía la información que nadie pudo sospechar como errónea, dado lo impecable y realista de la descripción del aparato volador.

Otro de los usos insospechados que Poe haría de la ciencia se encuentra en el poema “Ulalume”:

Los cielos eran cenicientos y sombríos
[…]
era de noche en el solitario octubre.
[…]
El creciente diamantino de Astarté
claramente con el doble cuerno.
Y dije: “Es más tibia que Diana.
Resbala a través de un éter de suspiros
[…]
y ha venido más allá de las estrellas del León
para indicarnos el sendero de los cielos […].”

Ulalume evoca la pérdida del narrador por la muerte prematura de una hermosa mujer. Busca la sonoridad de los versos para intensificar los sentimientos de tristeza y angustia, por lo que emplea profusamente la aliteración, la repetición de sonidos de manera más o menos consecutiva, como en los versos

The skies they were ashen and sober […]
Of my most immemorial year

Pero el poema tiene otro sentido oculto, la interpretación científica. La alusión mitológica a Diana (diosa romana de la Luna) y a Astarté (la diosa que se asocia con Venus) no es casual. La mención en el poema del “doble cuerno” y del “creciente diamantino” implica que ambos astros se encuentran en fase creciente. Y además sitúa a Venus “más allá de las estrellas del León”, es decir, cruzando la constelación de Leo. Por tanto, ¿hubo alguna noche de 1847, año de publicación del poema, en la que coincidieran estos eventos astronómicos? La respuesta es asombrosamente afirmativa. La escena corresponde a poco antes del amanecer del 31 de octubre, la “noche en el solitario octubre” a la que alude el autor.

Poe se diferencia claramente de otros escritores contemporáneos al explicar en sus relatos el componente sorprendente de la ciencia, en lugar de recurrir a elementos fantásticos o sobrenaturales. Además, empleó la relación ciencia-literatura en ambas direcciones, ya que a veces quiso utilizar su maestría literaria para contribuir al conocimiento científico. Lamenta el excesivo empleo del análisis frío y objetivo para extraer conocimiento de la Naturaleza, concibiendo la ciencia como una actividad de creación en la que no puede prescindirse de la intuición, la imaginación y la creatividad.

Con este espíritu nace este texto, que tuvo su origen como contenido teórico del curso de Escritura científica creativa, una propuesta que aborda la narración de la ciencia a caballo entre la divulgación y la escritura creativa, sin olvidar el contexto histórico en el que los protagonistas afrontaron el desafío de dar a conocer el conocimiento científico.

Una historia poco conocida, plagada de pioneras y pioneros. Mujeres y hombres que decidieron que la ciencia no podía ser un conocimiento oculto y enigmático, solo en mano de élites ilustradas, sino que debía llegar al pueblo y difundirse en lengua vernácula. Desde los antiguos romanos, consumidores de filosofía griega en digeribles “píldoras”, pasando por una Edad Media no tan oscura, y por la aportación de la mujer bajo el simbólico personaje de “la Dama de Ciencia”, la divulgación de la ciencia esconde múltiples caras a medida que recorre épocas y continentes, tendencias y modas.

Nadie conoce el significado de la ofrenda que cada 19 de enero aparecía en la tumba de Edgar Allan Poe. Sucedió durante ocho décadas para finalizar en 2009. No obstante, me permito darle una interpretación libre. La construcción y la narración de la ciencia requiere de las tres rosas del conocimiento: el científico mediante observación y experimentación, el artístico como acto de creación, y el revelado con el concurso de la intuición y la imaginación. La botella de brandy medio llena (o medio vacía) nos sigue mostrando dos mundos unidos pero que se niegan a mezclarse: el contundente y destilado dominio de la ciencia con el etéreo y volátil ámbito de las letras. El primero en el fondo del recipiente, bien asentado; el segundo por encima con un aire "superior" pero amorfo. Si se destapa, el volátil se libera bruscamente y respira sin temer encorsetamientos; el destilado queda atrapado en una aparente inacción y monotonía. Pero el destilado se evapora poco a poco, degustando su libertad a pequeños sorbos. Ciencia y literatura pueden enriquecerse mutuamente y solo depende de que nos atrevamos a quitar el tapón.


[1] El primer vuelo transoceánico lo realizó el dirigible R34 en 1919.