miércoles, 26 de julio de 2017

El secreto de Beloúsov

Boris Beloúsov se frota las manos impaciente mientras camina arriba y abajo por el pasillo de su casa. En el comedor la mesa está dispuesta para recibir a Simon Shnoll, un biofísico como él. Mira el reloj y deduce que no debe tardar dada su acostumbrada puntualidad, así que se dirige a su laboratorio del sótano en busca de un recipiente cilíndrico de vidrio que contiene un líquido de intenso color rojo. Mientras deposita el recipiente en la mesa donde cenará con su invitado, suena el timbre. Todo está a punto.

Simon saluda afablemente a su anfitrión. Lo conoce bien e intuye que la velada traerá sorpresas y no tardarán en aparecer. Ambos se sientan a la mesa y Boris destapa la sopera para comenzar a servir. A Simon no le pasa desapercibido el cilindro de fluido rojizo, pero sus palabras van dirigidas a elogiar la deliciosa sopa Borsch que está degustando. La conversación va y viene sobre temas menores de su trabajo, a la vez que comienzan a dar buena cuenta del segundo plato, trucha con salsa smetana. Simon no puede evitar lanzar miradas furtivas al enigmático recipiente.

Finalmente, Boris se dirige a la cocina y regresa con una bandeja. En ella, dos tazas de café y un matraz con una solución de color amarillo. Simon no va a perder detalle de lo que vendrá a continuación al comprobar que Boris vierte el líquido amarillo en el recipiente que los ha acompañado durante la cena. Toma asiento, da un sorbo al café y Simon le apremia.

— ¿Y bien? ¿Cuánto tiempo más necesitas para contarme de qué se trata?

Boris le mantiene la mirada durante unos segundos y hace una inspiración profunda.

— Simon, sólo puedo confiarte a ti un descubrimiento como este —afirma con solemnidad mientras señala al cilindro con líquido rojo—. He encontrado una disolución capaz de reaccionar al estado de ánimo de una persona.

El comensal tomó la taza de café tratando de esconder tras ella su cara de perplejidad. Boris prosiguió.

— ¡Nadie de mi entorno está preparado para un hallazgo semejante! ¡Ni los editores de las revistas, ni mis propios colegas del Instituto de Biofísica! —replicó con rotunda indignación. Al instante, el líquido del cilindro viró a un hermoso color azul—. No obstante —siguió diciendo dulcificando el tono—, tampoco puedo culparles. El fenómeno parece violar incluso las leyes de la Termodinámica.

En cuanto terminó su frase, el líquido volvió a mostrar el color rojo original ante un invitado boquiabierto.

— Pero, esto es… —balbuceó Simon sin reponerse del asombro.

— Lo sé, estás sin palabras. Pero tienes que prometerme que nada de esto trascenderá hasta tenerlo todo bien atado. ¡No puedo permitir que esos mentecatos tengan motivos para ponerme en ridículo! ¡Has de prometerlo! —le requería airadamente Boris cuando el líquido se volvió azul de nuevo.



— Descuida, amigo mío. Mis labios están sellados. Pero en virtud de la discreción que me pides, no permitirás que me marche esta noche sin que me desveles algún detalle.

— ¡Por supuesto! Soy consciente de que no conseguirías conciliar el sueño, y no puedo hacerle tal cosa a un buen colega —respondió Boris de manera burlona, y el color rojo retornó al recipiente. Entonces apuró su café, extrajo con la taza un poco del líquido rojo y lo vertió sobre un plato que puso ante su invitado. A los pocos segundos comenzaron a formarse frentes de ondas azules sobre el fondo sanguíneo.



— Verdaderamente, es un fenómeno fascinante —dijo Simon con manifiesta admiración.

— Tu estado de ánimo es algo ambiguo— añadió Boris—, por eso la reacción está intentando sondearte con esas ondas.

Ambos se miraron y estallaron en sonoras carcajadas.

— Debo admitir que tu puesta en escena ha sido impresionante. El reactivo amarillo que añadiste en el último momento…

— Sulfato de cerio —le interrumpió Boris—. Este humilde lantánido cumple un doble papel, hace de catalizador y es el responsable del cambio de color.

— A propósito de los cambios de color, has conseguido sincronizarlos a la perfección con los tiempos de conversación. Exige mucho control sobre las concentraciones de los reactivos para dar ese efecto tan convincente.

— Una representación que satisfaga al público siempre requiere muchos ensayos —dijo Boris con cierta teatralidad.

— Pues tengo a la persona adecuada para investigar esta reacción oscilante. Pienso que Anatoli Zhabotinsky, un estudiante a punto de hacer su tesis, estará encantado de trabajar en ella. Le haré la propuesta pero con una condición.

— Tú dirás, Simon.

— Invítanos a cenar a ambos y preséntale la reacción —le pidió Simon apelando a su complicidad—. No quiero perderme su expresión cuando, por un momento, sospeche que has podido condensar a Jekyll y Hyde en un tubo de ensayo.

— ¡Eso está hecho, querido amigo!

Mientras ambos terminan la conversación y se despiden, la reacción ha alcanzado su equilibrio. La representación ha terminado y la disolución rojiza ha cambiado de disfraz por última vez. La reacción de Beloúsov está preparada para darse a conocer.

domingo, 23 de julio de 2017

La señora de los anillos

La luz vive viajando de prisión en prisión. El propio universo en su origen tardó 300.000 años hasta dejarla libre de su interacción con la materia. Las estrellas pueden tardar otros cientos de miles de años desde que la generan hasta que la irradian.

Finalmente, la luz liberada de estas cárceles, se desplaza por el espacio a la mayor celeridad posible hasta llegar a un planeta único, habitado por seres extraños. Estos auténticos secuestradores de fotones se surten de su botín lumínico para su propósito. Despedazan el más preciado recurso del planeta, el agua, para su autosostenimiento, pero no contentos con ello exhalan además una sustancia gaseosa, tóxica y muy reactiva.

El planeta entero sucumbe y se oxida, víctima de este veneno. Es una absoluta hecatombe… La verdadera causante del desastre, la dama del manto verde, la señora de los anillos, se oculta tras su innumerable ejército.

Molécula de clorofila. Sus cuatro anillos están señalados con números romanos.

sábado, 8 de julio de 2017

Sánchez Dragó, todo un Homo erectus


Lo que mi libro cuenta —cuenta— es la intentona de llegar hasta una edad tan avanzada como la que ahora tengo con los mismos arrestos que tenía en mi juventud. Mi rostro refleja el paso, el peso y el poso de los años; mi forma de vivir, no. Resulta petulante hablar de eterna juventud, pero quizá no lo sea pensar que ese estado, además de un don, es también el fruto de la búsqueda: la de algo a lo que he decidido llamar “Elixir Dragó”.

Así anuncia usted, señor Sánchez Dragó, en su libro Shangri-La: el elixir de la eterna juventud, su periplo a través de pócimas y mejunjes para conseguir, tras selección personal y siendo su propio conejillo de Indias, una serie de productos que comercializa bajo la marca “Elixir Dragó”. Dentro de este conjunto de complementos alimenticios que usted populariza, hay uno con una fórmula a base de fenogreco y abrojo cuyo nombre (Homo erectus) deja claro qué parte del organismo masculino pretende vigorizar.




Por lo que compruebo, una de sus fuentes de inspiración e información para estos remedios ha sido la cultura milenaria japonesa. A mí, sin embargo, cuando oigo “Homo erectus” no me da por lo milenario sino por lo millonario, y me explico. En el yacimiento de Koobi Fora, junto al Lago Turkana (Kenia), se han encontrado pruebas de que la especie Homo erectus ya dominaba el fuego hace 1,6 millones de años. Su uso para la cocción de alimentos resultó un avance gigantesco, pues permitiría reducir el tamaño del aparato digestivo y disminuir los recursos y la energía necesaria para aprovechar los nutrientes. Esta es una de las cosas que el Homo erectus, señor Sánchez Dragó, de verdad ha hecho por usted. Conseguir que la alimentación no requiera la mayor parte de su energía y de su tiempo para que pueda ocuparse de otras labores, incluso hasta de escribir.

De haber seguido consumiendo alimentos crudos, peor aprovechados por el organismo que los cocinados, es probable que Homo erectus hubiese recibido sus complementos alimenticios como agua de mayo. Pero con la alimentación actual, y aunque usted piense que la dieta mediterránea es un camelo, a este Homo sapiens que le escribe no se la da con queso.

Es usted persona dada a los matices, cosa valiosa en la vida donde nada es blanco o negro aunque, como toda cualidad, hay que saberla usar. Para usted hay pseudociencias que no son tales, como la homeopatía o la acupuntura, y otras que considera engañabobos como el reiki o las flores de Bach. De igual forma, para usted hay ciencia de la buena, como la medicina que le hace sus chequeos y análisis, y ciencia integrista como la que “se cree en posesión de la verdad y expulsa del templo a quien no piensa igual”. Me perdonará, señor Sánchez Dragó, si no me guío por sus criterios, algo arbitrarios para mi gusto.

Es posible que su mala relación con la ciencia provenga de su propia naturaleza. Como usted mismo admite en su libro, “Soy excéntrico. Soy caprichoso. No lo puedo evitar. Lo he sido siempre”. Además de caprichoso, es usted temerario al convertirse en una cobaya que ha llegado a ingerir 68 pastillas diarias, aunque fueran de herbolario. En contraste, la ciencia tiene carácter provisional (que no caprichoso), es decir, saca conclusiones con las evidencias que puede obtener, y deja la puerta abierta a que nuevas evidencias la conduzcan a corregir o completar lo afirmado. De este modo, la ciencia nunca es temeraria ya que ni sostiene lo que no puede probar, ni mantiene verdades inamovibles.

Quizá, debido a una nostalgia ancestral, se haya visto usted impulsado a experimentar personalmente como se vio obligado a hacer el Homo erectus. Este noble antepasado descubrió, sin ser consciente, las reacciones de Maillard, responsables del color dorado, del sabor y de los aromas de los asados, deliciosa pitanza que gusta encajarse de vez en cuando. Pero además Homo erectus tuvo la misma inquietud viajera que usted al salir de su (nuestra) África natal para establecerse con bastante éxito en Asia oriental, sobre todo en China e Indonesia. Claro que no tuvo la suerte de toparse con ese hongo portentoso que usted consume desde la década de 1990, el Sumo Reishi, con el cual Homo erectus hubiera aspirado a acercar su esperanza de vida (entre los 30 y los 40 años) hasta los envidiables 80 años que usted luce. Digo yo que, por muchas propiedades que tenga el hongo de marras, también debe tener algo de mérito el triple bypass coronario que le practicaron hace 12 años.

Y hablando de esperanza de vida, no deja de sorprenderme que los japoneses no gozaran de mayor longevidad en un país de medicina milenaria. A principios del siglo XX aún no podían aspirar a vivir más que el Homo erectus, y lograron sobrepasar los 60 años en 1951. Imagino que para usted tiene una explicación muy sencilla: las bondades del Sumo Reishi estaban reservadas en exclusiva para el emperador y su familia.

No obstante, debo romper una lanza en su favor. Como cuenta —cuenta— en su libro
No soy médico, ni biólogo, ni divulgador científico, ni nada que guarde relación con esas profesiones. Soy, sólo, escritor, y todo lo que escribo es, para bien o para mal, literatura.

Avisa al lector de que su entretenida historia es sólo el relato de sus experiencias personales, narrativa autobiográfica de “andar, ver, escuchar y contar”. Esta advertencia dice mucho de usted. Normalmente, los charlatanes vendedores de panaceas y crecepelos no tienen la misma gentileza con sus potenciales víctimas.