lunes, 21 de agosto de 2017

¿Qué es, si es que es algo, la escritura científica creativa?

Porque, como las paga el vulgo, es justo
hablarle en necio para darle gusto.

Lope de Vega. Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo (1609)


Como indica el paleontólogo y divulgador Stephen Jay Gould en su Dientes de gallina y dedos de caballo (1995), los títulos pegadizos son apreciados y recordados. Gould aplicó esta máxima a sus obras en numerosas ocasiones, como en uno de los capítulos de la citada obra en el que se interrogaba sobre la existencia de un antepasado común en esos curiosos équidos a rayas blancas y negras: ¿qué es, si es que es algo, una cebra?
Con un propósito análogo, trataré en este post de explicar en qué consiste esto que he dado en llamar escritura científica creativa, y detallar qué tipo de textos responderían a esta denominación común. Se basa fundamentalmente en diversificar los enfoques con los que la ciencia se traslada al público, más allá de la intención didáctica e informativa de la divulgación científica escrita. La ciencia, además de un corpus de conocimientos y una fuente de descubrimiento, debe verse como un tema de escritura en el cual su pensamiento, sus desafíos y su naturaleza sean aspectos centrales en los relatos.
En una primera aproximación, la amplitud de la escritura científica creativa se puede comparar, de modo metafórico, con el espectro electromagnético.


Figura 1. Espectro electromagnético


Figura 2. Espectro científico-narrativo


De manera que si confrontamos la parte izquierda de ambos espectros (figuras 1 y 2), nos encontramos en “zona peligrosa”. Los rayos X y gamma tienen algo en común con los artículos científicos: sólo pueden manipularlos los expertos. Para el ciudadano de a pie estos rayos son invisibles y, sin embargo, capaces de penetrar las más gruesas corazas. La ciencia comunicada entre especialistas mediante artículos científicos es igual de imperceptible para la sociedad y, no obstante, es donde se cocina y se refrenda la ciencia que influye en todos los aspectos de nuestra vida.

En la parte central, coincidiendo con la zona de radiación visible, se sitúa la divulgación científica, la actividad cuya razón de ser es precisamente esa, hacer “visible” la ciencia al público. Como hiciera Newton para obtener los colores del arcoíris, el prisma de la divulgación adapta el mensaje científico mediante una recreación y lo proyecta, de manera accesible, a la sociedad.

En la parte derecha de los dos espectros se encuentra la zona “cálida”, y no sólo por la presencia del infrarrojo. Aquí se localizan las ondas que posibilitan todas las telecomunicaciones, como las microondas y las radiaciones de onda larga que emplean la telefonía móvil, la televisión o la radio. Nos sirve para ilustrar una necesidad: que la comunicación de la ciencia no sea una mera transmisión de información asequible, sino que apele también a las sensaciones y a las emociones al considerar las diversas combinaciones que pueden trasladar la ciencia al público de un modo más cercano y atractivo.

Las distintas mezclas entre ciencia y narrativa dependen de varios factores. Por un lado, el empleo de recursos narrativos (la presentación y dosificación de la información, la originalidad del enfoque, el narrador, el uso de metáforas y analogías, el estilo); por otro lado, el manejo de la ficción como eje vertebrador de una historia porque, aunque todavía sorprenda a muchos, la combinación de ciencia y ficción no ha de conducir necesariamente a la ciencia ficción, como ya comenté en este post.

Si ahora centramos la atención en el segundo esquema comprobamos que la escritura científica creativa abarca la mayor parte del espectro; todo depende del tipo de texto que queramos conseguir. Como si de una antigua balanza se tratara, al cargar el platillo del lado de la ciencia en detrimento del de la narrativa se obtendrá mayor precisión y objetividad en el resultado, aunque irá destinado a un número de lectores más reducido y ya iniciado en el tema. En caso contrario, si desplazamos la carga hacia la narrativa, el texto resultará más llamativo literariamente hablando y atraerá a un público más amplio, pero será a costa de un mayor esfuerzo en recrear y recontextualizar la información científica. El autor debe decidir en qué punto del espectro situará su texto al preguntarse con qué detalle quiere plasmar la información, a qué público potencial desea dirigirlo y qué efecto desea conseguir.

Todo científico comunica y espera que sus publicaciones sean leídas y citadas, y depositará estas expectativas tanto en sus artículos especializados como en sus trabajos de divulgación científica. Sin embargo, las cualidades narrativas de estos textos no suelen ser una prioridad para el científico, que no se planteará tal exigencia. “Los datos hablan por sí solos”, pensará cuando el artículo llegue a manos de sus colegas; “es importante que la gente sepa esto”, afirmará como si esta premisa fuera suficiente para captar la atención del público lego.

Ni siquiera un investigador a la hora de consultar un artículo especializado, normalmente con un estilo impersonal y conciso, va a permanecer indiferente ante un texto con cualidades narrativas. De hecho, este estudio señala que aquellos trabajos cuyos resúmenes o abstracts poseen un estilo más narrativo, son citados un mayor número de veces. No se trata de una cuestión fútil ya que el abstract es la carta de presentación de un trabajo de investigación, por lo que debe atraer la atención y permitir valorar su utilidad de manera rápida y sencilla.

Por ello, repito, la escritura científica creativa abarca (o pretende abarcar) gran parte de ese espectro, desde la narrativa de los abstracts hasta la de los relatos inspirados en la ciencia. Sirvámonos ahora de otro esquema para detallar la tipología de los textos que incluye la escritura científica creativa.

Figura 3. Espectro de la escritura científica creativa

En el extremo izquierdo de este nuevo espectro (figura 3) se sitúan los abstracts con estilo narrativo a los que me he referido anteriormente, de los cuales hay ejemplos en este post con distintos tipos de estructura, unos más narrativos que otros.

A medida que nos desplazamos hacia la derecha del espectro, va aumentando la carga de recreación del texto. En la categoría de ensayo de divulgación científica se engloban además los artículos periodísticos y los posts en blogs de ciencia, es decir, todos aquellos textos que tratan de hacer accesible el mensaje científico. Suelen tener intención informativa o didáctica, y es frecuente que empleen metáforas y analogías para facilitar la comprensión de conceptos.
A continuación se sitúa el género lab-lit, que aúna obras de ficción que plasman un retrato realista de científicos y de las particularidades de su profesión. El término “lab-lit” fue acuñado por Jennifer Rohn, una bióloga con una adicción incurable a este tipo de literatura, como ella misma dice en la página que dedica a este género, lablit.com Se centra, por lo tanto, en el mundo de la ciencia real, no en el especulativo de la ciencia ficción. Son historias literarias que exploran la ciencia como una profesión y a sus profesionales como protagonistas principales.

A la derecha del lab-lit, el relato científico tiene similitudes con el anterior ya que, aunque forma parte de los textos que introducen la ciencia en la ficción (o science-in-fiction como la llamaba Carl Djerassi), el ámbito del relato científico es más amplio que el lab-lit, pues emplea la ficción de un modo más libre aunque su tema central siga siendo la ciencia real. Un relato científico (o microrrelato, según su extensión) puede desarrollarse en torno a un concepto, una idea, un fenómeno o una historia conocida pero contada con otro enfoque. Son ejemplos de microrrelatos Catenas, Determinismo indigesto o El afinador de arena.

La ciencia también puede expresarse mediante un texto poético. Así, en el extremo derecho del espectro, y con la mayor carga de recreación, el sciku consiste en un haiku —poema tradicional japonés de tres versos— inspirado en un tema científico. Es una pieza muy en consonancia con la urgencia e inmediatez de nuestros tiempos, pues resulta idónea para propagarse a través de las redes sociales. El haiku es un tipo de poesía japonesa inspirado en la contemplación de la naturaleza, y suele componerse de tres versos con cinco, siete y cinco sílabas, respectivamente, sin ningún tipo de rima. En español, debido a la longitud de la mayoría de las palabras, además de la métrica 5/7/5, también puede emplearse la métrica 8/11/8. En Dos scikus sobre los orígenes tienes dos ejemplos de estos poemas hiperbreves, y en Los Feynman, un ejemplo de relato híbrido entre microrrelato y sciku.

Ahora sólo me queda preguntarte, ¿qué zona de este espectro te gustaría probar? ¿Te animarías a intentarlo con tus textos?

Ceteris paribus, ficción y ciencia se dan la mano

A principios de 1887, Heinrich Hertz trata de comprobar los efectos de las ondas electromagnéticas en su propagación por el aire. Para ello necesita un dispositivo que genere una potente chispa y un receptor que acuse las ondas creadas en el proceso.

Experimento de Hertz. El arco voltaico generado en la bobina origina ondas electromagnéticas, las cuales inducen una corriente eléctrica en el receptor que se manifiesta también en forma de arco voltaico.

Hertz escoge un transformador eléctrico conocido como bobina de Rühmkorff, capaz de originar un arco voltaico mediante una tensión de varios miles de voltios. El receptor es mucho más sencillo y lo construye él mismo: un anillo de cobre de unos 7 cm de diámetro con sus extremos separados unos milímetros. Hertz conecta la bobina y el escandaloso chisporroteo ilumina el lado de la mesa en la que se encuentra, pero lo interesante comienza a suceder al otro lado. Allí, a metro y medio de la bobina y sin contacto alguno entre ambos, el rudimentario anillo está produciendo chispas por sí solo como si una tormenta de rayos hubiese quedado atrapada en aquel simple trozo de cobre.

A partir de aquí, el físico va modificando las variables del experimento para comprobar las cualidades de las ondas electromagnéticas y descubre, por ejemplo, que son capaces de reflejarse y refractarse como la luz y que se propagan a la misma velocidad que esta. Para observar la chispa del anillo con más nitidez decide ponerlo a la oscuridad dentro de una caja, y lo que sucede tras esta trivial decisión le deja desconcertado. Ahora los extremos del anillo deben acercarse para que la chispa sea capaz de saltar entre ellos. Por alguna razón, el arco voltaico se había debilitado.

¿Qué pasaría si la caja fuese de otro material? ¿Y si en lugar de una caja colocara una pantalla entre bobina y receptor? ¿Y si la pantalla se situara más cerca de uno o del otro? Un buen número de “y si… ¿qué pasaría?” que debía poner a prueba mediante el empleo de una condición llamada ceteris paribus, expresión latina cuyo significado (permaneciendo lo demás constante) orientará el proceder de Hertz: comprobará la influencia de cada posibilidad mientras se asegura de que el resto de parámetros del experimento permanecen inalterables, como el voltaje de la bobina, la separación de los extremos del anillo o la distancia entre bobina y receptor.

La misma condición ceteris paribus se pone en práctica para retratar un personaje real mediante la ficción, para convertir vivencias en historias. Las personas reales son esquivas y contradictorias, están llenas de facetas como la imagen de un caleidoscopio, en busca de un utópico equilibrio entre lo racional y lo emocional. Contar la historia de un personaje real exige el control de las variables que privilegie una faceta sobre las demás, aquella que guiará su historia. Al igual que un experimento, un suceso artificial donde no permitimos que las leyes naturales se expresen en toda su complejidad, la inevitable ficcionalización de un relato nos posibilita asimilar y comprender a costa de dejar cosas fuera del foco. Es la versión literaria del principio de incertidumbre: podrás tener una buena historia o un relato con todos los pormenores, pero no ambos a la vez.

Me siento fuertemente tentado a explorar, en la medida de lo posible, esta condición compartida entre la ficción y la ciencia. Y a decir verdad, ya existe un género que puede ser un buen punto de partida para relacionarlas, pero no me refiero a la ciencia ficción aunque sea la deducción más lógica. Estoy hablando de la divulgación científica.

En principio, divulgación científica y ficción parecen ligar menos que el agua y el aceite, cuando en realidad mantienen un idilio, oculto para la mayoría como cualquier idilio que se precie, que merece la pena consolidar. Aclaremos esto. La divulgación científica se plantea la nada desdeñable tarea de transformar la ciencia en una experiencia relatable y relevante para el público. La divulgación científica materializa esta transmutación mediante dos acciones que también comienzan por r: la reformulación —que adapta el lenguaje científico al común a través del uso de analogías y metáforas— y la recontextualización —que traslada la información científica a una situación familiar, reconocible (otra palabra con r) y que tenga trascendencia para el lector.

La combinación de estas dos acciones pone en marcha un escenario que involucra —o debe involucrar— al público con el pensamiento y el quehacer cotidiano de la ciencia. En definitiva, se construye una recreación de la ciencia, una acción emparentada con la ficción que, en acorde a las dos acepciones que aparecen en el Diccionario de la Lengua Española, crea de nuevo algo para instruir y deleitar. La recreación que constituye la divulgación científica no es muy diferente a la que consigue una técnica muy característica de la industria cinematográfica española: el doblaje. El actor o la actriz de doblaje debe ceñirse rigurosamente a las palabras que pronuncia el actor en la pantalla, pero sin olvidar que no debe reproducirlas sin más, sino interpretarlas. La interpretación, la aportación personal y artística del actor de doblaje, es la responsable de crear una ilusión verosímil en el espectador que aceptará la voz que oye como propia del actor en la imagen.

Reflexiones de Gandalf en la voz de Pepe Mediavilla

En resumen, como he hecho al principio del post, puedo crear una metáfora con el fenómeno de la inducción electromagnética que experimentó Hertz al asimilarlo con una tormenta eléctrica concentrada en el anillo de cobre. Pero también puedo emplear la ficción si imagino que Hertz consiguió el equipo para el experimento por un camino poco convencional, al llegarle noticias de que el barón von Schalk, un aristócrata excéntrico, se había cansado de la bobina de Rühmkorff con la que asombraba a sus invitados, a los que agasajaba con una velada de “rayos de salón”. Hertz logró vencer su acentuada timidez para tratar con el barón y no lo fue difícil cerrar el trato, dadas las ganas que von Schalk tenía de quitarse de encima aquel artefacto.

La divulgación científica siempre tendrá una intención didáctica, pero no siempre ha de resultar tan evidente al público. Esto me recuerda que aún queda un enigma por desvelar. Hertz se percató de que la chispa del receptor se volvía más vigorosa si recibía la luz de la chispa de la bobina. En particular, la fracción de luz ultravioleta lograba arrancar electrones de los extremos del anillo, facilitando la conducción del arco voltaico en el aire. Una afortunada serendipia que permitió a Hertz descubrir el efecto fotoeléctrico.

martes, 1 de agosto de 2017

Disparos

10 de agosto de 1915
El ejército turco inicia un contraataque. Los británicos no han podido alcanzar Chunuk Bair y ahora deben repeler la ofensiva otomana. La 13ª Compañía de Señales, a la que pertenece Henry Moseley, se une al enfrentamiento. Los proyectiles silban por todas partes.

12 de abril de 1913
Proyectiles. Henry busca los proyectiles idóneos para su propósito: empleará un tubo de rayos catódicos para ametrallar con electrones los átomos de varios elementos químicos. Los átomos acribillados emiten un lamento, un destello de rayos X único para cada elemento, que desvelará a Henry la intimidad del núcleo atómico.

10 de agosto de 1915
En medio del ataque, los francotiradores turcos toman posiciones. El avance les ha permitido una mejor visión sobre “Farm Hill”, la zona donde los británicos intentan resistir. Uno de los francotiradores divisa a un oficial inglés que parece estar telegrafiando instrucciones.

24 de abril de 1913
Los disparos se suceden en la batalla electrónica que Henry mantiene en el laboratorio, y la radiografía de 50 elementos le ha permitido utilizar la magia de los números naturales. Los átomos de distintos elementos se diferencian por las cargas positivas que acumulan en su núcleo. Los átomos con una sola carga pertenecen al elemento con número atómico 1, con dos cargas al elemento número 2. Esto significa que si el uranio, el elemento más pesado que se encuentra en la naturaleza, posee 92 cargas en su núcleo, sólo pueden existir 91 elementos antes que él en la tabla periódica, ni uno más ni uno menos.

10 de agosto de 1915
Los números naturales contabilizan sin pausa las balas que se cruzan en el aire: 10, 25, 50, 200, 500… Por elevado que sea el número siempre es posible sumar una más, como la que aguarda en el fusil del francotirador que apunta a Henry mientras telegrafía órdenes. El turco fija la mira, aguanta la respiración y aprieta el gatillo. Ignora que acaba de disparar al último cartógrafo de los elementos químicos.

30 de agosto de 1915
Amabel, la madre de Henry, acaba de recibir la noticia. Pasa las páginas de su diario hacia atrás, hasta la hoja del 10 de agosto, y anota:




Han matado a mi Harry en los Dardanelos
Chunuk Bair